Una deidad cabalga mi polla como una diosa
El olor a sudor y deseo llenaba el aire cuando su boca se abrió para mí, sin decir nada, pero con esa mirada que llevaba días prometiéndome. Sabía que esto iba a pasar desde que la pillé mirándome de reojo en el pasillo, rozándome el brazo con excusa, mordiéndose el labio cuando creía que no la veía. Ahora, aquí, con mi polla dura como piedra, no aguanté más y le bajé las bragas de un tirón, hundiendo los dedos en su coño ya mojado. Gritó cuando la penetré de una estocada, sus uñas clavándose en mi espalda mientras la empotraba contra la pared, sintiendo cómo sus paredes se apretaban alrededor de mí. Cada embestida la hacía gemir más fuerte, sus tetas saltando con cada golpe, hasta que la levanté y la senté sobre mí, dejándola cabalgarme como la diosa que era. La tensión que habíamos acumulado explotó cuando me corrí dentro de ella, su cuerpo temblando alrededor de mi verga. Cuando se bajó, me miró con una sonrisa traviesa y me susurró: "¿Ves? Yo también soy una deidad cuando quiero".