La madrastra nalgueada descubre algo inesperado entre rejas
La celda olía a sudor y humedad, las paredes grises reflejaban el reflejo de la luz tenue que entraba por la pequeña ventana enrejada. Ella, con su blusa ajustada y falda corta, ya no era la mujer elegante de siempre, sino una prisionera más, temblando ante las órdenes de su hijastro de tragar su polla dura. Él la obligó a arrodillarse, sujetándole la cabeza con fuerza mientras le abría la boca de par en par, y la primera vez que su verga gruesa rozó su lengua, ella no pudo evitar gemir de sorpresa. Pero todo cambió cuando él le ordenó quitarse la ropa interior, dejando al descubierto su coño ya mojado de excitación. Fue entonces que él notó algo inesperado: un pequeño tatuaje de una estrella justo encima de su clítoris, algo que nunca había visto antes y que lo excitó todavía más. Sin perder un segundo, la empujó contra la pared, levantándole una pierna para meterle la polla hasta las pelotas, sintiendo cómo sus paredes vaginales se contraían alrededor de su miembro. Ella gritaba, pero él no paraba, embistiendo con fuerza mientras le mordisqueaba los pezones duros. De pronto, ella empezó a correrse, con sus jugos resbalando por los muslos, y él no tardó en llenarle la boca con su leche espesa, justo cuando la puerta de la celda se abrió de golpe, dejando a ambos helados de miedo pero con ganas de más.