Hijastra caliente consuela a su padrastro viudo
La pobrecita no aguantó más verlo llorar cada noche frente a la tele con esa botella de whisky medio vacía, así que se le acercó con esa minifalda que le marca el culo prieto y le susurró al oído que no estaba sola. Él, con la mirada perdida y el pantalón ajustado marcándole la verga dura que llevaba horas sin tocar, no pudo resistirse cuando ella le soltó que quería sentirlo dentro, que necesitaba olvidar ese dolor que le ahogaba el pecho. Sin pensarlo dos veces, ella se arrodilló en la alfombra del salón y le abrió la cremallera para soltar esa polla gruesa que tanto le había robado el sueño, chupándola con saliva espesa hasta dejarla reluciente y palpitante. Entre jadeos y gemidos ahogados, él le agarró el pelo con fuerza y le empotró la verga hasta el fondo de la garganta, haciendo que ella tosera y le lloraran los ojos mientras le agarraba los huevos con las dos manos. Pero eso no era suficiente: necesitaba más, mucho más, así que se quitó la tanga mojada de jugos antes de subir a horcajadas sobre su regazo, sintiendo cómo esa verga caliente le abría el coño de par en par mientras se empalaba sin piedad. Los golpes de cadera resonaban en toda la casa, sus tetas rebotaban sin control y los gemidos agudos de ella se mezclaban con los gruñidos roncos de él, que no paraba de empujar hasta que sintió cómo su leche espesa le llenaba el útero con chorros calientes, dejando su concha bien empapada y goteando después del intenso orgasmo que los dejó a ambos temblando, sudados y satisfechos. Lo mejor fue cuando ella se quedó abrazada a su pecho, acariciándole la espalda mientras le susurraba que ya no estaría solo nunca más, pero con la polla aún dura dentro de su coño, lista para otra ronda de folladas salvajes.