Tres zorras me masacraron la polla con sus lenguas
Desde que entré al local esas tres putas no me quitaban los ojos de encima, pero yo solo quería una cerveza bien fría... hasta que una me agarró del brazo y me arrastró hacia el baño trasero. Las tres se abalanzaron sobre mí como hienas en celo, empujándome contra la pared mientras me bajaban el pantalón de un tirón que casi me arranca la cremallera. La primera se lanzó como una loca a chupármela con esa boca que parecía hecha para tragarme entero, su lengua recorriendo el glande con movimientos circulares que me dejaron temblando mientras gemía como un cerdo en matadero. La segunda no se quedó atrás: se agachó y me lamió las pelotas con una dedicación enfermiza, sus labios húmedos apretando cada huevo mientras su compañera seguía mamándome como si fuera su último chupete. La tercera, la más descarada de todas, se puso detrás de mí y me agarró el culo con ambas manos, sus uñas clavándose en la carne mientras me susurraba al oído lo mucho que quería verme correrme en su garganta sucia. Cada una tenía su estilo: la primera me ahogaba con profundos movimientos de garganta que me hacían arquear la espalda y soltar gruñidos guturales, la segunda me masajeaba la base con la mano mientras succionaba con furia, y la tercera me lamía el perineo como si buscara exprimir hasta la última gota de pre-semen. Entre las tres me tenían como un trapo, con la polla roja, hinchada y palpitante bajo sus ataques coordinados. Los gemidos de ellas mezclándose con el sonido húmedo de sus bocas tragando mi carne era lo único que se oía en aquel cubículo asqueroso, el aire cargado con el olor a sexo barato y sus coños empapados que ya olían a desesperación. Cuando sentí que el orgasmo subía como un huracán desde los huevos hasta la punta, intenté zafarme, pero me sujetaron por las caderas con fuerza de titanes, obligándome a soltar todo dentro de sus boquitas ansiosas. La primera fue la que recibió la lluvia blanca directamente en la garganta, tragando todo sin perder el ritmo mientras yo me corría con espasmos que me dejaban sin aire. Las otras dos se turnaron para limpiar los restos de mi corrida de la cabeza a la base, lamiendo hasta el último centímetro de mi polla flácida antes de soltarme con una sonrisa de satisfacción que me dejó más duro que nunca. Antes de que pudiera recuperar el aliento, las tres se besaron entre sí con la boca llena de mis fluidos, compartiendo mi sabor como si fuera un manjar divino. Salí de ese baño con la ropa hecha un desastre, la polla dolorida y el corazón a mil, preguntándome si alguna vez me recuperaría de esta sesión de destrucción lingual.