Chico de pelo rojo me mea encima de la tanga
El pelirrojo de mirada traviesa no se aguanta la risa cuando se acerca con esa sonrisa pícara y me dice que quiere ver cómo me mojo toda con su meada caliente. Me baja el tanga negro de un tirón y me deja los muslos temblorosos mientras se saca la polla gruesa y sin circuncidar, rojiza y palpitante, apuntándome directo a la entrepierna. Sin avisar, me agarra fuerte del pelo y me obliga a abrir bien las piernas, sintiendo el primer chorro caliente resbalando por mi coño depilado y empapando la tela mojada contra mi piel. Jadeo como una puta desesperada cuando me aprieta contra la pared del baño, con su aliento caliente en el oído murmurando que quiere verme correrme de vergüenza mientras me mea encima. La polla le late fuerte contra mi muslo mientras me recorre con ella, untando mis labios con gotas de su líquido preseminal antes de que la punta se clave en mi entrada, dura como una barra de acero. Gimo sin control cuando me empotra sin piedad, sintiendo cómo la meada le chorrea por las pelotas y me resbala entre los cachetes del culo, empapando hasta el suelo. Los sonidos húmedos se mezclan con mis gritos ahogados mientras me clava las uñas en las caderas, marcándome con cada embestida salvaje que me deja el coño chorreando de lujuria y de su meada espesa. No hay tiempo para pensar, solo para sentir cómo el líquido caliente me recorre desde el clítoris hasta el culo, dejándome temblando y con las piernas convertidas en gelatina al correrme como una loca sobre esa tanga ahora arruinada. Sus gruñidos guturales me dicen que no ha terminado, así que me agarra de las caderas y me levanta en el aire, con su polla aún dura metida hasta el fondo, mientras me mea otra vez en el pelo y la cara, dejándome completamente empapada y con los ojos nublados por el placer sucio. Me suelta al final con una palmada en el culo, sacudiendo las últimas gotas de su meada de su verga enorme, mientras yo me quedo ahí, jadeando, con las bragas pegadas al cuerpo y el olor a sexo y orina inundando el aire. No hay palabras para describir lo sucio y delicioso que fue sentir cómo su meada me marcaba por dentro y por fuera, dejándome marcada como una perra en celo que solo quiere más.