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Colega musculoso me empotra el culo sin parar

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El muy cabrón llegó del gimnasio con la camiseta empapada y el bulto marcándosele en los pantalones ajustados, y en cuanto me vio tirado en el sofá con el móvil, me soltó que llevaba días imaginando cómo me iba a clavar su verga gruesa hasta dejarme sin aire. Sin mediar palabra me arrancó el calzoncillo de un tirón y me obligó a abrir las piernas sobre la mesa de centro, donde la madera crujió bajo mi peso mientras él se bajaba el pantalón y sacaba una polla enorme, morada y reluciente que me hizo babear al instante. Con un gemido ronco me agarró de las caderas y me empaló de golpe, hundiendo hasta las pelotas en mi culo bien apretado que no pudo aguantar el primer envite sin soltar un gritito agudo mezclado con jadeos desesperados. Cada embestida era tan brutal que la mesa se movía como si estuviéramos en medio de un terremoto, y sus pelotas golpeaban contra mis nalgas con un sonido húmedo que se mezclaba con los gruñidos animales que soltaba al ritmo de sus embistes. Sentí cómo su grueso miembro iba estirando mi agujero hasta quemar, pero me encantaba ese dolor dulce que me recorría la espalda mientras él me susurraba al oído lo buen puto que era y lo bien que le chuparía la polla después si seguía portándome como una perra en celo. Entre sollozos y gemidos, le supliqué que me llenara hasta que no cupiera ni una gota más, y él, con una sonrisa perversa, me dio media vuelta y me tumbó bocabajo sobre el sofá, levantándome las piernas para clavármela aún más profundo mientras sus dedos se enredaban en mi pelo sudado. Cuando noté su leche caliente disparándose contra mi próstata, me corrí sin poder evitarlo, manchando las sábanas con mi propio semen mientras él seguía bombeando dentro de mí como si no hubiera mañana, hasta que por fin se quedó quieto, jadeante, con la respiración entrecortada y la polla aún dura palpitando dentro de mi culo relajado. El muy hijo de puta me dejó hecho un guiñapo, con las piernas temblorosas y el culo ardiente, pero con una sonrisa de oreja a oreja al ver cómo me retorcía de placer cada vez que me rozaba sin querer al levantarme. Me prometió que la próxima vez me llevaría al baño público para que me empotrara contra los azulejos mientras me tapaba la boca con la mano para que no gritara tanto, y yo solo atiné a asentir con la cabeza, ya soñando con la próxima vez que me dejara convertido en un trapo humano entre sus brazos y su monstruosa verga.

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