Novato de culo goloso empotrado sin piedad al aire libre
El moreno de brazos marcados no podía quitarle los ojos de encima al rubio de mirada traviesa que se retorcía en la hierba bajo el sol del mediodía. Con un gemido que le salió desde las entrañas, el novato se dejó caer de rodillas y le lamió los huevos a su macho, sintiendo cómo la pelusa de la verga gruesa le cosquilleaba los labios. El grandullón no perdió tiempo, le agarró de las caderas con fuerza de hierro y lo empaló de un tirón hasta que el novato soltó un alarido ahogado, con el culo bien abierto y temblando de placer. Cada embestida sonaba como un azote húmedo, la carne chocando contra carne con un ritmo que hacía vibrar los árboles de alrededor. El novato se aferró a la tierra, con los dedos hundidos en el pasto mientras su macho le clavaba el rabo sin piedad, llenándole el agujero de polla caliente y palpitante. Las gotas de sudor le resbalaban por la espalda al novato, mezclándose con los jadeos que le salían a borbotones cada vez que el grandullón le llegaba al fondo. La verga sin circuncidar del macho se deslizaba como un pistón, estirando el culo del novato hasta dejarlo rojo y brilloso por la leche que ya le escurría entre las nalgas. Los gemidos se volvieron más agudos, entrecortados, hasta que el novato no pudo aguantar más y se corrió en chorros espesos sobre su propio vientre, mientras su macho le llenaba las tripas de semen caliente sin falta de condón. El grandullón no se detuvo ahí, siguió moviendo las caderas con fuerza brutal hasta que el novato, exhausto y con las piernas convertidas en gelatina, solo pudo aceptar cada embestida como un castigo placentero que le dejó el culo bien marcado. Cuando por fin se separaron, el novato quedó tirado boca abajo en el suelo, con el agujero bien abierto y goteando leche por dentro y por fuera, mientras su macho se limpiaba la polla contra su trasero antes de marcharse sin mirar atrás.