Puta con tetas enormes recibe polla y mamada épica
Desde que la vio por primera vez en el video filtrado, no pudo sacarse de la cabeza su silueta perfilada en ese vestido ajustado que le marcaba hasta el último pliegue de esas tetas monstruosas que le hacían babear solo de imaginarlas entre sus dedos. Se acercó con la excusa de pedirle fuego, pero lo que realmente quería era que esa boca de pecado le bajara los pantalones y le chupara hasta dejarlo seco. Ella, que no era tonta, notó cómo el bulto se le marcaba en el vaquero al inclinarse para encender el cigarro, así que lo agarró del cuello de la camisa y lo arrastró hasta el baño trasero del bar donde nadie los molestaría. Allí, entre azulejos pegajosos y el olor a cerveza derramada, le bajó la cremallera con los dientes mientras sus gemidos ahogados resonaban contra las paredes sucias, sabiendo que esa polla venía con hambre de horas sin correrse. Él no perdió el tiempo y le agarró las tetas con ambas manos, amasando esa carne blanda y caliente que se le escurría entre los dedos como mantequilla derretida, mientras ella se le arrodillaba sin dejar de mirarlo con esos ojos de puta hambrienta que le decían que quería tragárselo entero. La primera lamida la dio en la punta, lenta y húmeda, como si estuviera saboreando un helado de vainilla antes de metérselo hasta el fondo de la garganta, ahogándose un poco pero sin apartarse ni un milímetro mientras sus tetas rebotaban con cada arcada. Él le agarraba la cabeza con fuerza, empalándola contra su entrepierna cada vez que ella intentaba retroceder para tomar aire, sintiendo cómo su coño se le mojaba solo de verla así, con las tetas apretadas contra sus muslos y la saliva resbalándole por la barbilla. Cuando ya no pudo aguantar más, la levantó en vilo y la apoyó contra la pared, le arrancó el tanga de un tirón y le clavó la polla hasta el fondo del coño empapado, sintiendo cómo sus paredes palpitaban alrededor como si estuvieran ordeñándolo a propósito. Las embestidas eran brutales, el sonido de carne contra carne llenaba el baño mezclado con sus gritos agudos y los golpes secos de sus caderas contra su culo redondo, que se le movía como una gelatina cada vez que él se la clavaba hasta las entrañas. Ella, con las tetas apretadas contra el espejo empañado y los dedos arañando la pared para no caerse, le suplicaba que no se detuviera, que le llenara el coño hasta reventarlo, mientras él le mordisqueaba el hombro y le gruñía al oído que esa noche le iba a dejar la concha bien marcada. El primer chorro de leche le quemó el útero al correrse dentro de ella, pero no se detuvo ahí: siguió empotrándola con fiereza hasta que el segundo y el tercero le salpicaron las paredes internas, dejándole el coño goteando leche espesa que le resbalaba por los muslos cuando por fin la soltó, jadeando y con las piernas temblorosas de tanto placer.