La hijastra con curvas se deja empotrar fuerte por su padrastro
Desde que la vio crecer, el padrastro no podía quitarle los ojos de encima a su hijastra, esas tetas enormes que se le marcaban al moverse y ese culo prieto que le volaba la cabeza cada vez que se agachaba. Hoy no pudo resistirse más, la agarró de la cintura con sus manos callosas mientras ella jugaba con el móvil en el sofá, los dedos le temblaban al sentir cómo el vestido se le subía dejando al descubierto sus muslos suaves como la seda. Sin una palabra, la empujó contra la pared del pasillo, le arrancó el tanga de un tirón y le metió la polla dura hasta el fondo sin avisar, haciendo que soltara un gemido ahogado que le erizó la piel. Ella, aunque al principio se hizo la difícil, no tardó en abrir las piernas como una puta bien entrenada, recibiendo cada embestida con los ojos entrecerrados y la boca entreabierta jadeando como una puta en celo. Él no se contuvo, le agarró las tetas por detrás, apretando esos pezones duros que se le clavaban en las palmas mientras le llenaba el coño de leche caliente con cada golpe, la humedad resbalaba por sus muslos y manchaba el suelo del pasillo. La muy zorra se corrió gritando su nombre, con el coño tan mojado que parecía que acababa de salir de la ducha, pero él no se detuvo ahí: después de correrse, le dio la vuelta, la dobló sobre el sofá y le metió el dedo en el culo mientras le mordisqueaba el cuello, haciéndola gritar de placer otra vez. La hijastra, con las tetas rebotando salvajemente y el coño chorreando, no pudo más que agarrarse a los cojines mientras su padrastro la empotraba como a una perra en celo, hasta que al final, con un gruñido animal, se descargó dentro de ella una y otra vez, dejando el sofá empapado y a ella jadeando sin fuerzas, con las piernas temblorosas y el maquillaje corrido por las lágrimas de tanto placer.