Natalie se corre con lluvia dorada y leche en la cara
Natalie llegó con esa sonrisa pícara que solo una puta sabe poner cuando sabe que vas a domarla sin piedad. Se quitó el vestido de un tirón dejando al descubierto unos pechos firmes y un coño empapado que goteaba jugos antes incluso de que le pusiera un dedo encima. La muy zorra se arrodilló sin que le dijera nada, con las tetas rebotando mientras se lanzaba a chupar mi polla como si fuera un helado derretido, tragándosela hasta que le tocó la campanilla. Entre gemidos ahogados y babas resbalando por su mentón, me agarró los huevos con una mano y con la otra le dio un par de azotes a su propio culo para excitarse más. De pronto, sin aviso, se levantó y me escupió en la cara mientras se masturbaba a toda velocidad, gritando que quería que me corriera en su boca abierta y en sus tetas duras. Entonces le agarré el pelo y le metí la verga hasta el fondo de la garganta, embistiéndola como un animal hasta que escuché sus arcadas mezcladas con jadeos húmedos. Pero lo mejor llegó cuando se sentó en mi regazo y dejó caer un chorro de meados calientes sobre mi pecho mientras seguía masturbándose, gruñendo como una perra en celo. La muy guarra se agachó para lamerme los muslos después de empaparme, tragándose cada gota como si fuera un manjar, mientras yo le apretaba los pechos hasta dejarle moretones rojos. Cuando ya no pudo más, le solté la polla en la cara y le ordené que se corriera sobre mi cuerpo, rociándome las tetas, la barriga e incluso la boca con su leche espesa, hasta que quedó hecha un desastre baboso con restos de semen y orines corriéndole por las piernas. La muy puta se desplomó sobre el sofá, jadeando con la lengua fuera y los labios manchados, pidiendo más aunque ya no pudiera aguantar ni un segundo más.