Novia dominante empala a su novio con consolador gigante
Desde que le puso el arnés negro ajustado él supo que hoy no habría clemencia, el cabrón llevaba semanas con la polla encerrada en esa jaula de castidad que le apretaba hasta el borde del llanto mientras su novita morena se reía viéndolo sufrir. La muy perra se pintó los labios de rojo sangre antes de agarrar el dildo grueso como su muñeca, bien engrasado con lubricante frío que le escurrió entre los dedos cuando lo pasó por su coño empapado de deseo, dejando un rastro baboso desde el clítoris hasta el culo prieto que le temblaba de anticipación. Él gimió al sentir la punta roma presionando contra su entrada prohibida, jadeando con la cara pegada al colchón mientras ella le azotaba el lomo con su mano libre, dejándole marcas rojas que ardían como brasas. La primera embestida lo dejó sin aire, la verga de silicona se abrió paso entre sus músculos tensos con un chasquido húmedo que resonó en la habitación mientras él aullaba con los ojos desorbitados, sintiendo cómo le partía el culo en dos sin piedad. Ella gruñía como animal en celo, empotrandolo contra la cama con cada envite brutal, su cadera chocando contra sus nalgas blancas que se ponían rojas bajo el impacto, el sonido de carne contra carne mezclándose con los gemidos ahogados que escapaban de su garganta cada vez que el dildo golpeaba su próstata. El lubricante se le escurría por las piernas en hilos brillantes, mezclándose con el sudor que le corría entre los pechos pequeños pero duros como piedras, sus pezones erizados rozando contra la sábana mientras ella le susurraba al oído todas las humillaciones que tenía guardadas desde hacía meses: 'que buena puta eres, cabrón, te gusta que te trate como al pedazo de carne que eres'. Cuando el consolador le rozó la próstata una y otra vez en círculos perfectos él supo que no duraría, su polla enjaulada palpitaba contra los barrotes de metal mientras los espasmos del orgasmo le sacudían el cuerpo entero, aunque no pudo correrse porque el maldito dispositivo se lo impedía. Ella no se detuvo ni un segundo, solo aumentó el ritmo hasta que él lloriqueó pidiendo clemencia con la voz quebrada, sus piernas flaqueando bajo el peso de cada embestida salvaje que le dejaba el culo hecho un trapo, la entrada destrozada y goteando un líquido espeso mezclado con sangre y lubricante. Al final ella se corrió también, pero no por él, sino por el poder que le daba verlo reducido a un montón de carne temblorosa y sudorosa que suplicaba sin fuerzas, el dildo aún enterrado hasta la base dentro de su ano destrozado mientras le exigía que se quedara quieto para no salirse. Cuando por fin lo sacó él sollozó como un niño, la mezcla de semen reprimido y fluidos anales le escurrió por los muslos en un hilo pegajoso que dejó un charco baboso sobre las sábanas deshechas, mientras ella se limpiaba los dedos en su pelo con una sonrisa de satisfacción antes de irse a duchar dejando el arnés colgando del perchero como un trofeo.