La dominatriz te convierte en su putita sumisa
La muy zorra te mira con esos ojos de diosa mientras te ordena que te arrodilles y le beses los tacones, como si fueras su maldito juguete personal. Te quita la polla de mierda de su estuche de castidad y se ríe al ver lo poquita cosa que te ha quedado después de tanto sufrir, mientras te escupe en la cara que eres un verdadero perdedor. Te obliga a chuparle los dedos gordos de los pies, con esa uña pintada de negro que te clava en el cuello cada vez que te atreves a levantar la vista, y el cuero de sus botas te ahoga el aliento con cada paso que da sobre tu cara sudorosa. La muy puta te hace tragar su saliva espesa mientras te susurra al oído que te va a convertir en su putita de mierda, en su juguete para siempre, y que ni siquiera mereces que tu polla salga de esa jaula de plástico que te ahoga las bolas. Te arrastra por el suelo de rodillas hasta el espejo, te obliga a ponerte esos lentes de colores que te distorsionan la vista y te grita que te mires: ya no eres un hombre, eres su perra, su esclava para siempre. Te ordena que te masturbes con la jaula puesta, que te humilles delante de ella mientras te dice que eres un fracasado, un inútil, un trozo de carne que solo sirve para que ella se divierta. La muy cerda te empuja la cabeza contra su coño empapado y te obliga a comerle el clítoris con la lengua temblorosa, mientras te golpea la nuca con la palma de la mano cada vez que intentas levantar la cara. Te hace gemir como un cerdo mientras te dice que eres su putita favorita, que nadie más te va a querer con este pedazo de carne inútil que te queda entre las piernas. La dominatriz se sienta en tu cara y te aplasta la nariz contra su raja, ahogándote en su olor a coño mojado mientras te obliga a tragar cada gota de su leche espesa que te escupe en la boca sin piedad. Te deja llorando en el suelo, con la cara llena de sus babas y el culo bien abierto, sabiendo que nunca más volverás a sentirte como un hombre, solo como su juguete sucio y usado.