Anstralia y yo follamos como locos en mi cuarto de la universidad
Mi polla ya estaba dura antes de tocarla, solo de escuchar los tacones de sus zapatos acercándose por el pasillo del dormitorio, sabiendo que su marido estaba en la cafetería pero que cualquiera podía pasar y pillarnos. Le arranqué las medias de un tirón, dejándole marcas rojas en los muslos, y metí los dedos en su coño ya empapado, sintiendo cómo temblaba al morderse los labios para no gemir alto. Sin perder tiempo, la puse de perrito sobre mi cama estrecha, con la falda subida hasta la cintura y las medias rotas colgando como si fueran un trofeo de guerra. Cada embestida la hacía chocar contra la pared, pero no le importó el ruido, solo apretaba más sus muslos alrededor de mis caderas, suplicando que no me detuviera. Sentí sus uñas clavándose en mi espalda cuando me corrí dentro de ella, llenándola hasta que sus piernas flaquearon. "¿Crees que nadie nos escuchó?", me susurró con una sonrisa de puta mientras mi semen goteaba por sus piernas.