Monja traviesa esconde polla gigante en el baúl para follársela cuando quiera
La monja de hábitos blancos y mirada inocente escondía un secreto sucio bajo su falda: cada tarde, cuando el convento se quedaba vacío, ella se metía en el cuarto de los trastos y abría el baúl donde guardaba a su amante secreto. El tipo, un hombre con una polla enorme que le llegaba hasta el ombligo, gemía ahogado cuando ella le quitaba la mordaza y se montaba sobre él a horcajadas, sintiendo cómo su coño mojado se tragaba cada centímetro de esa verga dura. La monja, con sus medias de red y su tanga negro, se movía como una puta en celo, apretando sus nalgas contra el cuerpo del hombre mientras él le agarraba las tetas pequeñas y le metía los dedos en la boca para que los chupara. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en el cuarto, y cuando ella se ponía a cuatro patas, él le arrancaba el hábito y le clavaba la polla hasta el fondo, haciendo que ella gritara como una loca mientras se corría en chorros. Al final, él le llenaba la boca de leche espesa, y ella se limpiaba los labios con los dedos antes de volver a su vida de santidad, con el coño aún temblando de placer.