Sun Wukong: una apuesta sexual que termina en humillación
Él no creía que ella pudiera aguantar su ritmo, así que le lanzó el reto: si lograba hacerla gemir más fuerte que la última vez, ganaba. Ella, con una sonrisa desafiante, aceptó el juego, pero no imaginaba que su polla gruesa y su técnica implacable la harían arrepentirse. La cama crujía bajo sus embestidas, los azotes en sus nalgas rojas dejaban marcas que ella no podía evitar admirar en el espejo. Cada vez que él se hundía hasta las pelotas, ella apretaba las sábanas, mordiéndose el labio para no suplicar. Pero cuando él le dio la vuelta y la penetró de rodillas, con los dedos clavados en sus caderas, ya no pudo contener los gritos. El sudor le resbalaba por la espalda mientras él le susurraba al oído: «¿Ves? Sabía que no podrías resistirte». Ella, con el coño palpitando y la mente nublada, solo pensaba en cómo había perdido la apuesta. Ahora él tenía el control, y ella no podía esperar a que la follara otra vez.