Rubia de tetas grandes empalada al aire libre con verga monstruosa
Llevaba días observándola en el parque mientras se ajustaba el top, sus tetas rebotando cada vez que corría entre los árboles. Cuando por fin la acorralé contra el tronco de un roble, sus labios carnosos se abrieron en un gemido antes de que su lengua lamiera mi verga ya dura como una piedra. Me la clavó en la boca sin piedad, tragándose cada centímetro hasta que sus arcadas me hicieron reír mientras le agarraba el pelo sucio de sudor. La volteé contra la hierba, sus nalgas blancas brillando bajo el sol, y le abrí las piernas de un tirón para hundirme en su coño empapado sin preámbulos. Cada embestida la hacía gritar, sus uñas clavándose en la tierra mientras su espalda se arqueaba como un arco. Me puse detrás, agarrándola de las caderas, y la empalé contra el tronco hasta que sus gemidos se volvieron agudos y desesperados, su coño chorreando sobre mis bolas pesadas. Se la saqué de golpe, le escupí en la raja y volví a metérsela hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo temblaba con cada sacudida. Le agarré las tetas por detrás, ordeñándolas mientras le susurraba al oído lo puta que era al dejarse llenar así en plena luz del día. Cuando por fin la di vuelta, se arrodilló en la hierba y me la chupó con avidez, su boca caliente y babosa tragando mi leche espesa hasta dejarme seco. Terminó tumbada boca arriba, las piernas abiertas y la entrepierna toda mojada, mientras yo le restregaba la verga aún dura por su cara antes de irme sin mirar atrás. El olor a sexo y hierba quemada quedó flotando en el aire, mezclado con sus suspiros entrecortados.