Rubia de tacones se masturba dentro del auto
La morocha de curvas explosivas aparcó el auto en un callejón oscuro y se quitó las medias para sentir el aire en su piel caliente. Llevaba días imaginando cómo se tocaría hasta explotar, pero hoy por fin lo haría sin que nadie la viera. Se acomodó en el asiento del conductor, abrió las piernas con un gemido bajo y deslizó los dedos entre sus labios ya empapados, sintiendo cómo el coño le ardía de ganas. Con la otra mano se agarró un pecho firme y jugó con el pezón duro mientras las uñas le raspaban el clítoris lento pero seguro. Los tacones se le hundían en el culo cada vez que se arqueaba, y los gemidos le salían entrecortados cuando imaginaba que una verga gruesa le llenaba el coño sin piedad. Se mordió el labio inferior hasta casi sangrar mientras se masturbaba con movimientos circulares, sintiendo cómo el líquido resbaladizo se le escurría por los muslos y le mojaba el culo. El espejo retrovisor le devolvía la imagen de su cuerpo tembloroso, con las tetas rebotando cada vez que se frotaba más rápido, y los ojos vidriosos de puro deseo. No pasó mucho antes de que el orgasmo le recorriera la espalda como un rayo, dejándola jadeante y con las piernas temblorosas mientras se corría sin parar, manchando el asiento de sus propios jugos. Se quedó ahí, jadeando, con los tacones aún puestos y el coño palpitante, sabiendo que en su mente esa verga imaginaria la seguía empotrando sin piedad hasta dejarla exhausta. Cuando por fin se recompuso, se limpió los dedos en el pantalón y salió del auto con las piernas inestables, pero con una sonrisa pícara que delataba que la próxima vez lo haría con alguien más... o quizá no, porque el solo pensamiento de que la descubrieran la ponía más caliente.