Mi novia me hace una mamada que no paro de gemir
Llevaba semanas soñando con sentir esos labios carnosos envolviendo mi verga, pero cuando al fin la vi arrodillarse frente a mí con esos pechos naturales rebotando bajo el top ajustado, supe que nada sería como imaginaba. Metió mi polla bruta en su boquita caliente sin dudar un segundo, lamiendo la cabeza con esa lengua juguetona que tanto me vuelve loco mientras sus tetas se movían al ritmo de sus gemidos ahogados. Yo le agarré la nuca con fuerza y le empujé hasta la garganta, sintiendo cómo se ahogaba un poco pero no se quejaba, solo tragando mi leche espesa como si fuera lo más rico del mundo. Sus manos se aferraron a mis muslos, clavando las uñas mientras su saliva me cubría toda la verga, dejándola resbaladiza y brillante bajo la luz de la habitación. Cada vez que sacaba la cabeza para respirar, sus ojos brillaban de deseo y me miraba como si yo fuera su putita favorita, dispuesta a hacer cualquier cosa por sentirme correrme dentro de su boca. La agarré del pelo y la obligué a quedarse quieta, metiéndomela hasta el fondo de la garganta una y otra vez, sintiendo cómo sus tetas rozaban mis piernas con cada embestida que le daba en la boca. Los gemidos se le escapaban entre cada arcada, mezclándose con el sonido húmedo de su boquita chupando mi carne palpitante, que ya estaba a punto de reventarle los labios por lo dura que estaba. Le encantaba que la dominara así, con mis manos sujetándola mientras yo le metía la polla hasta donde le cabía en la garganta, y cada vez que se atragantaba, se le humedecían más esos coños pequeños pero bien apretados que tenía. Cuando ya no pudo aguantar más, le solté la cabeza y le dejé que respirara un poco, pero antes de que pudiera recuperarse, le agarré las tetas y se las apretujé contra mi verga, frotándoselas contra el glande para que sintiera lo caliente que estaba mi leche. Los primeros chorros le cayeron en la cara, pegajosos y espesos, mientras ella se lamía los labios como si estuviera saboreando el mejor manjar, con las mejillas cubiertas de mi corrida y los ojos brillantes de satisfacción. Sin dejarla limpiarse, le metí la verga otra vez en la boca y le obligué a tragarse hasta la última gota, sintiendo cómo su garganta se movía al engullir cada resto de mi leche, que le escurría por la barbilla y le manchaba el top ajustado que llevaba puesto.