Puta cachonda pide al masajista que le satisfaga
Llevo días soñando con esos dedos gruesos deslizándose por mi espalda sudorosa mientras me quito el sujetador sin prisa, dejando mis tetas gordas y naturales al aire para que el masajista no pueda evitar babear. Cuando entro a su consulta con el culo prieto apretando el vestido ajustado que apenas tapa mis curvas, él ya sabe que no voy a salir sin que me folle como merezco. Me tumbo boca abajo en la camilla, con las piernas abiertas y el coño ya empapado por solo imaginármelo, sintiendo cómo el aire acondicionado me eriza la piel mientras me susurra al oído que me va a destrozar el culo de lo duro que me va a empotrar. Me baja el tanga de un tirón y siento su boca caliente chupándome los labios antes de que su polla gruesa me reviente por dentro, gimiendo como puta cuando me clava las uñas en las nalgas para que no me mueva. Cada embestida me hace gritar, con sus huevos golpeándome el clítoris cada vez que me llena hasta el fondo, sintiendo cómo mi coño se contrae alrededor de su verga mientras me ahogo en un orgasmo que me deja temblando. El masajista no se corre todavía, sigue machacándome el culo con embestidas brutales mientras me ordena que me ponga a cuatro patas encima de la camilla, con las tetas colgando y el culo en pompa para que me folle como si fuera su putita personal. Me mete los dedos en la boca para que los muerda mientras me abre bien las nalgas con las manos, sintiendo cómo su glande se clava en mi ano antes de que me penetre sin piedad, haciéndome aullar de dolor y placer mientras me corría otra vez sin poder evitarlo. Sus embestidas son salvajes, con cada movimiento me lanza hacia adelante, golpeando mis tetas contra el borde de la camilla mientras el sudor nos cubre a los dos y el olor a sexo inunda la habitación. Cuando por fin se corre dentro de mí, siento cómo su leche espesa me llena hasta rebosar, goteando por mis muslos mientras me quedo tirada en la camilla, jadeando y con la piel marcada por sus dedos y sus dientes.