La hora del cóctel termina con una follada salvaje
La rubia madura no podía dejar de mirarle los labios mientras servía los tragos, sus tetas enormes rebotando con cada movimiento, el tanga casi transparente marcando su coño bien mojado. Él no aguantó más y la empujó contra la barra, metiendo la mano entre sus piernas para sentir lo caliente que estaba, sus dedos hundiéndose en su humedad mientras ella gemía como una puta en celo. La levantó de la cintura y la sentó en la mesa, arrancándole el tanga de un tirón para hundir su polla dura hasta el fondo, sus nalgas redondas apretándose contra su cuerpo con cada embestida. Ella se montó como una amazona, rebotando sus tetas perfectas mientras él le agarraba el culo, sus gritos ahogados por el sonido de la carne chocando. Cuando él no pudo más, la volteó en cuatro patas y la embistió como un animal, sus bolas golpeando su clítoris con cada penetración, hasta que finalmente se corrió dentro de ella, llenándola con su leche caliente. Ella se derritió bajo su peso, su coño palpitando alrededor de su verga mientras él seguía bombeando hasta sacarle cada gota de placer. La rubia se dejó caer sobre la mesa, jadeando, su cuerpo temblando por el orgasmo más intenso que había tenido en años, mientras él se recostaba a su lado, satisfecho de haberla dejado sin aliento.