Psicóloga cachonda le da masaje especial al paciente
El tipo musculoso llegó al consultorio con la espalda tensa y la polla más dura que una piedra, y ella no pudo evitar fijarse en sus abdominales marcados bajo la camiseta. Desde el primer momento la doctora sintió cómo el coño le ardía de solo imaginarlo empotrado entre sus tetas gigantes, pero aguantó las ganas hasta que él se quitó la camisa y dejó ver ese cuerpo de infarto. Con voz ronca le ordenó que se tendiera en el sofá mientras sus dedos se deslizaban por su espalda, pero en vez de masajearle los hombros le agarró el culo redondo y firme entre sus manos, apretando fuerte para que sintiera lo mojada que estaba su tanga. Él no pudo resistirse y le agarró una teta colosal, amasándola con desesperación mientras sus gemidos llenaban la sala, mezclados con el sonido de la crema resbalando sobre su piel bronceada. Entre jadeos ella le susurró al oído que necesitaba aliviarle el estrés de otra forma, así que se arrodilló frente a él y le sacó la verga gruesa y palpitante, chupándola con una avidez que hizo temblar sus muslos esculpidos. Él le agarró la cabeza con fuerza mientras ella le lamía la punta con la lengua, sintiendo cómo el líquido preseminal le mojaba los labios antes de que se la metiera hasta la garganta, ahogándose solo un segundo antes de recuperarse y tragársela entera. Cuando ya no pudo aguantar más, la levantó del suelo y la empotró contra la pared, subiéndole el vestido para dejar su culo al descubierto y enterrando la polla hasta las pelotas en su coño empapado, que chorreaba sin control mientras ella gritaba su nombre entre espasmos. Las embestidas eran brutales, el sonido de sus cuerpos chocando llenaba el consultorio, y en menos de lo esperado los dos se vinieron a la vez: él descargando toda su leche hirviendo dentro de su matriz mientras ella se corría con gritos guturales, con las tetas rebotando contra su pecho y los dos sudando como si acabaran de salir de un baño de vapor. Cuando por fin se separaron, ella se limpió los labios con el dorso de la mano mientras él se ajustaba los pantalones, pero ambos sabían que aquel no sería el último masaje de la tarde.