Mamacita colombiana se empota con pollón tras sexo
La colombiana de curvas explosivas entró al sex shop con esos tacones que le hacen el culo botar como gelatina y esos pechos naturales que parecen dos melones maduros a punto de reventar la blusa de encaje. El tipo musculoso, con la polla ya dura como piedra bajo el pantalón ajustado, la miró de arriba abajo y supo que esa noche no iba a necesitar preservativo: el coño de ella estaba más que mojado, goteando de ganas de que se la metiera hasta el fondo sin piedad. Ella, sin decir ni pío, se le acercó pegándosele como un imán, le agarró el bulto con las dos manos y empezó a sobarle la verga por encima del pantalón mientras le mordisqueaba el cuello con esos dientes blancos que le brillaban bajo el maquillaje cargado. Él, enloquecido, le arrancó el sujetador de un tirón y los pechos le saltaron libres, pesados y firmes, con los pezones duros como chupetes, listos para que se los chupara hasta dejarla sin aliento. Ella, jadeando como una perra en celo, se arrodilló en el suelo de baldosas frías y le abrió la cremallera con los labios carnosos, sacándole la polla gruesa y venosa que le palpitaba en la mano antes de metérsela hasta la garganta sin avisar. El sabor salado del líquido preseminal le inundó la boca mientras él le agarraba la cabeza y se la empotraba una y otra vez, haciendo que los labios le vibren con cada embestida profunda. Ella, con la cara roja y los ojos llorosos, se quitó los tacones de un puntapié y se subió de espaldas sobre la mesa de exhibición, abriéndose de piernas para que él le clavara la verga hasta el útero, sintiendo cómo cada embestida le hacía vibrar el vientre y le mojaba más el coño, que ya chorrea como una fuente entre sus muslos prietos. Él, sudando como un cerdo, le agarraba las tetas con ambas manos, apretándolas con fuerza mientras le clavaba la polla hasta las pelotas, haciéndola gritar de placer con cada estocada que le llegaba al fondo del coño, que ya palpitaba desesperado por recibirle la leche caliente. Ella, con los pechos rebotándole como dos globos al ritmo de las embestidas brutales, se corrió primero con un aullido agudo, empapándole la polla con un chorro de jugos que le recorrió el muslo hasta el suelo, mientras él, con los ojos inyectados en sangre, le descargó una fuente de leche espesa y caliente directamente dentro del coño ya bien abierto, dejándole el vientre abultado y el coño lleno hasta desbordarse, con los restos de leche goteándole por las piernas mientras se dejaba caer sobre la mesa, exhausta pero con una sonrisa de oreja a oreja.