¿Nunca te han metido un juguete por el culo?
Aquel día en mi habitación, con las cortinas corridas pero sin cerrar del todo, sentí el peligro de que mi marido pudiera entrar en cualquier momento. Me puse a cuatro patas sobre la cama, con el culo en pompa y las nalgas bien abiertas, mientras el dildo vibraba entre mis dedos. El juguete era enorme, más grueso que la polla de cualquier hombre, y lo froté contra mi coño mojado antes de empujarlo hacia mi culo. Gemí fuerte, pero me tapé la boca para que no me escucharan en el pasillo. El juguete entró despacio, estirándome hasta que sentí que me iba a partir en dos, pero no me detuve. Lo moví en círculos, sintiendo cómo mi ano se adaptaba a su grosor, mientras mis jugos chorreaban por mis muslos. Cada vez que lo sacaba un poco, el sonido de succión me ponía más caliente, y cuando lo hundía de nuevo, mi cuerpo temblaba de placer. Escuché pasos afuera y me quedé quieta, conteniendo la respiración, pero el miedo solo me excitó más. Me corrí con el juguete enterrado hasta las pelotas, los músculos de mi culo apretándolo con fuerza mientras el orgasmo me sacudía. Cuando terminé, lo saqué lentamente, sintiendo cada centímetro de su superficie suave y fría. En ese momento, mi marido abrió la puerta y me miró con una sonrisa pícara. '¿Te gusta que te den por el culo, perra?'