Michellhot mojando las sábanas con su compañera de universidad
El olor a vainilla del perfume de Michellhot flotaba en el aire mientras ella jugueteaba con su pluma sobre la hoja de apuntes, lanzando miradas furtivas a su compañera de carrera, cuya falda se había subido un poco más cada vez que cruzó las piernas. Llevaban semanas con esa tensión acumulada, desde aquel beso robado en la biblioteca, desde que los dedos de Michellhot rozaron por accidente el muslo desnudo de su compañera y sintió cómo se estremecía. Hoy, en su habitación compartida, la cosa ya no podía esperar más. Michellhot tiró del tirante del sujetador de su amiga, dejándolo caer sobre su pecho mientras le mordía el cuello, sintiendo cómo la piel se erizaba bajo sus labios. La compañera gimió cuando Michellhot bajó la mano hasta su entrepierna, apartando el encaje del tanga para encontrar los labios ya mojados de placer. Con movimientos lentos, Michellhot deslizó un dedo dentro, luego dos, mientras su boca se cerraba sobre un pezón duro, chupando con fuerza hasta que la otra arqueó la espalda. No había tiempo para juegos cuando Michellhot se hundió entre sus piernas, lamiendo desde el clítoris hasta el culo, saboreando cada gota de excitación. La respiración se volvió entrecortada, los muslos temblaron y Michellhot no paró hasta que los dedos se clavaron en su pelo, arrastrándola contra su coño mientras se corría con un grito ahogado. La próxima vez, promete Michellhot, será ella quien la monte hasta que las paredes tiemblen.