Mi hijastra se toca y se deja follar por su padrastro
Ella llevaba días probándose la ropa de su mamá en el closet, sintiendo cómo el tejido le rozaba los pezones duros mientras se miraba al espejo con cara de puta necesitada. El padrastro entró sin avisar y la vio con ese vestido ajustado que apenas le tapaba el culo, los muslos pálidos temblando de excitación al sentir su mirada quemarle la piel. Sin pensarlo dos veces, él se acercó por detrás, le agarró las tetas por encima de la tela y le susurró al oído lo guapa que estaba para follársela bien duro. Ella gimió cuando la mano masculina le bajó la ropa interior y le metió dos dedos en el coño empapado, resbaladizo y caliente como una brasita. La sacó de su ensoñación con un tirón del pelo, obligándola a arrodillarse frente a su polla gruesa que ya goteaba pre-semen, lista para que se la tragara toda. Entre gemidos ahogados y babas resbalando por la verga, él le empotró la boca hasta el fondo mientras le agarraba la cabeza con fuerza, haciendo que se atragantara con cada embestida ruda. Ella le chupaba la punta con desesperación, saboreando el sabor salado de su piel mientras él le acariciaba los pechos pequeños por encima del vestido, pellizcándole los pezones hasta que se le pusieron duros como canicas. Cuando él la levantó de golpe y la empujó contra la pared, ella se dobló como una muñeca rota, el culo al aire mientras le subía la falda para dejarle el coño al descubierto, brillante y listo para ser empalado. Él no perdió tiempo: se clavó dentro de ella con un gemido animal, sintiendo cómo su conejito estrecho lo abrazaba como una vagina nueva, chorreando jugos por todas partes. Cada embestida le hacía chocar contra su útero, el sonido de sus cuerpos chocando mezclado con los gritos de ella ahogados en la almohada que mordisqueaba para no despertar a la casa. Él le jaló del pelo para que lo mirara mientras le escupía en la cara y le decía guarra de mierda que le encantaba verla así, sucia y sumisa bajo su cuerpo. Cuando sintió su leche caliente invadiendo su garganta en una corrida brutal, ella se tragó hasta la última gota sin dejar ni una gota en su boca, lamiéndole la punta como una perra agradecida. Al terminar, él se limpió con su pelo mientras ella se quedaba tirada en el suelo, el vestido arrugado y la tanga hecha jirones, con el coño goteando su propio placer mezclado con el semen que le resbalaba por los muslos.