Rubia caliente sin ropa en su ventana mojada para el taxista
La rubia esa de tetas enormes no llevaba ni las bragas puestas cuando se asomó a limpiar el cristal con ese camisón transparente que se le pegaba al cuerpo como si fuera pintura. El taxista, al pasar por la calle, la vio de reojo y no pudo evitar bajar la ventanilla para ver mejor ese coño peludo y esos pezones duros que se le marcaban sin pudor. Ella, lejos de asustarse, le guiñó un ojo y se relamió los labios mientras se frotaba los muslos con las manos, dejando claro que estaba más que dispuesta a que le metieran algo duro por donde fuera. El tipo, con la polla ya dura como una piedra bajo el pantalón, aparcó de golpe y se bajó corriendo para colarse en el jardín trasero de la casa, donde ella lo esperaba con las piernas abiertas sobre la mesa de la cocina. No hubo tiempo para palabras: él le arrancó el camisón de un tirón y se lanzó a chuparle el coño empapado, sintiendo cómo los jugos le resbalaban por la barbilla mientras ella le agarraba la cabeza y le obligaba a meterle la lengua hasta el fondo. Cuando el taxista se incorporó con la cara brillante de sus propios fluidos, ella se puso a cuatro patas sobre el mármol frío, ofreciéndole ese culo redondo y prominente para que se la empotrara como ella tanto deseaba. Las embestidas eran brutales, el sonido de la carne chocando contra la carne resonaba en toda la casa mientras ella gritaba pidiendo más fuerte, con los pechos balanceándose al ritmo de cada empujón. Él, sudando como un cerdo, le agarró de las caderas y la llenó hasta el fondo hasta que ella se corrió con un espasmo que la dejó temblando, mordiendo el borde de la mesa para no gritar como una puta en celo. El muy cabrón se corrió dentro de ella también, dejando que su leche se escurriera por sus muslos mientras le susurraba al oído lo buena que estaba y lo mucho que le había puesto verla tan descarada desde la calle. Cuando el vecino pasó por allí y los vio así, sudados y jadeantes, la rubia ni se inmutó: solo sonrió y le hizo un gesto para que se acercara, porque después de una cogida así, siempre hay ganas de más.