La rubia canadiense desnudándose al aire libre con su polla dura
Esa tarde en el jardín, la vi por primera vez: Dominique Gabrielle, la rubia canadiense que me volvía loco con su cuerpo de diosa. No imaginaba que bajo ese vestido ajustado escondía un coño tan mojado y unas tetas que rebotaban con cada movimiento. Cuando empezó a quitarse la ropa, me quedé helado al ver sus pezones rosados y duros como piedras. Su tanga blanco se pegaba a su culo perfecto, y al bajarlo, descubrí que no llevaba nada debajo. Mi polla saltó al ver su concha depilada brillando bajo el sol. Sin pensarlo, me acerqué y le metí dos dedos hasta que gimió. La empujé contra el árbol y le levanté una pierna para clavársela de una estocada. Sus uñas se clavaron en mi espalda mientras la empotraba contra el tronco. Cuando le di vuelta y la puse de rodillas, su culo se abrió para recibirme. La agarré del pelo y le follé la boca hasta que me corrí en su lengua. Al terminar, su tanga blanco yacía hecho jirones en el pasto.