Dianaxx me desafió a darle sexo anal y le gané la apuesta
La sala de hotel olía a perfume barato y a sexo antes de que ella siquiera se quitara la blusa. Las cortinas estaban medio corridas, dejando entrar esa luz amarillenta que siempre da un aire de pecado a lo que va a pasar. Ella se lanzó el pelo hacia atrás con esa mirada de 'demuéstrame que puedes', mientras yo ya le desabrochaba el cinturón con los dedos temblorosos. '¿Crees que vas a aguantar lo que te voy a dar?', me preguntó, mordiéndose el labio. Le bajé la tanga hasta los tobillos y desde atrás vi cómo le brillaba el coño enrojecido, ya mojado de anticipación. Me puse de rodillas y le enterré la cara entre las nalgas, lamiendo desde el clítoris hasta el ano con la lengua bien gruesa. Ella gimió como una perra en celo, agitando las caderas para que le metiera más dedos. Cuando ya no pudo resistir, se giró y me empujó contra la cama, montándome a horcajadas para que le viera la polla dura que tenía entre los muslos. 'Ahora verás lo que es de verdad', me dijo, mientras se sentaba sobre mí de una sola estocada. Sentí cómo mi verga desaparecía hasta el fondo, apretada por ese culo virgen que le latía con cada arqueamiento. Le clavé las uñas en las tetas y le mordí el cuello, pero ella no se quejaba, solo gemía más fuerte. '¿Eso es todo lo que tienes?', me provocaba, moviéndose cada vez más rápido. Le di la vuelta y la empotré contra el colchón, embistiéndola de tal manera que los muelles del somier chirriaban como si fuera a romperse. Le metí los dedos en la boca para que los chupara, y con la otra mano le sobaba el clítoris hasta que le temblaron las piernas. '¡Sí, así, cabrón, no pares!', gritaba, mientras yo sentía cómo se le contraía el ano alrededor de mi polla. Fue entonces cuando perdí el control, agarrándole de las caderas para clavársela hasta que le hizo tocar el cuello del útero. '¡Me corro!', le avisé, pero ella solo me apretó más con las piernas, pidiéndome que se la dejara toda dentro. El primer chorro le salió a presión, salpicándole hasta la barriga. '¡Hijo de puta, qué bueno!', me insultó, pero por cómo se retorcía de placer, sabía que había ganado la apuesta.