Cómo perdí la virginidad con mi vecina a los 18
Ella siempre me miraba con esos labios carnosos cuando pasaba por el balcón con el short ajustado, pero nunca pensé que terminaría con sus tetas rebotando sobre mi boca mientras me chupaba la polla como si fuera su postre favorito. A los dieciocho, la vecina me llevó a su cuarto y me tumbó en la cama con ese culito prieto que tanto me ponía, susurrándome al oído lo caliente que estaba mi verga dura antes de que siquiera la tocara. Me desnudó con manos temblorosas, sus dedos resbaladizos por el sudor al acariciar mi tronco grueso mientras sus gemidos se mezclaban con el sonido de la piel chocando contra la piel cuando la empalé contra el colchón. Primero fue lento, probando mi grosor con su coño estrecho que se estremecía cada vez que entraba hasta el fondo, pero pronto los dos nos descontrolamos, ella arañando mi espalda mientras yo le levantaba las piernas para clavarme más hondo y sentir cómo su mojada me chupaba la verga como si no hubiera mañana. El sudor le caía por los pechos pequeños y firmes que rebotaban con cada embestida salvaje, sus tetas naturales moviéndose al ritmo de mis caderas golpeando contra su culo redondo, mientras sus gritos de puta caliente llenaban el cuarto y me obligaban a correrme dentro de esa concha apretada que me tenía loco desde hacía meses. Cuando por fin eyaculé, su coño se contrajo alrededor de mi polla palpitante, ordeñándome hasta dejarme vacío mientras su cara se retorcía en un orgasmo que le hizo morder el labio hasta sangrar, y yo me quedé ahí, jadeando, con las pelotas vacías y el corazón a mil por ver cómo se limpiaba el semen de entre las piernas con los dedos temblorosos y se los llevaba a la boca para chuparlos como si fuera lo más rico que probó en su vida.