Noche romántica se vuelve orgía salvaje con tetonas
La cena a dos velas se calentó cuando ella le soltó el sujetador mientras él le lamía los pezones duros como piedras. Él se arrodilló y le chupó el coño empapado hasta hacerla gritar su nombre con voz ronca, los muslos temblando contra su boca. En un abrir y cerrar de ojos, la puerta se abrió de golpe y entró la vecina, una morena de curvas explosivas que ya se deshacía el vestido negro para mostrar sus tetas gigantes rebotando. Antes de que él pudiera reaccionar, la otra le bajó los pantalones y le agarró la polla gruesa que ya goteaba pre-semen, lista para hacerla sufrir de placer. Entre gemidos y jadeos, la morena le abrió las nalgas y se las metió sin piedad mientras él le metía dos dedos en la boca para que los chupara con saliva babosa. La tercera, una rubia con tetas operadas que brillaban bajo la luz tenue, se sentó a horcajadas sobre su cara y se la folló la boca como una posesa, ahogándolo con su coño chorreante. Él no pudo más: la embistió contra la pared con fuerza de animal, el choque de caderas resonando en el salón mientras las tres le gritaban obscenidades y se manoseaban las tetas la una a la otra. Los chorros de leche salieron disparados como un géiser, salpicando las tetas de la rubia, la espalda de la morena y hasta el suelo, mientras ellas se corrían encima de él, los jugos mezclándose con el semen espeso que resbalaba por sus muslos. Cuando por fin se derrumbaron en el sofá hecho un lío de piernas y cuerpos sudados, la morena le susurró al oído que quería repetir al día siguiente... y él, exhausto pero con la polla aún medio dura, supo que no podría decir que no.