La morena se venga del novio celoso con sexo brutal
Él llevaba días revisando su teléfono con paranoia, jurando que ella lo engañaba, pero ella solo se reía mientras se pintaba las uñas de rojo sangre. Esa noche, cuando él llegó con sus sospechas y el ceño fruncido, ella lo recibió con la bata abierta y el coño ya empapado, lista para darle una lección que no olvidaría. Sin decir ni una palabra, lo agarró de la correa del pantalón y lo arrastró hasta el sofá, donde se arrodilló entre sus piernas para empezar a chuparle la polla gruesa hasta dejarlo sin aliento. Él intentó protestar, pero las primeras embestidas de su lengua caliente en el prepucio lo dejaron mudo, gimiendo como un puto desesperado mientras sus tetas pequeñas rebotaban con cada movimiento de cabeza. Cuando por fin se levantó, ella se dio la vuelta mostrando ese culo tatuado y se puso en cuatro patas, invitándolo con un gemido que le erizó la piel. Él no necesitó más incentivo: la agarró de las caderas y la empotró sin piedad, sintiendo cómo su coño apretado se abría para recibir cada centímetro de su verga dura, que se hundía hasta el fondo con un sonido húmedo y obsceno. Los azotes en su culo redondo resonaban en la habitación mezclados con los gritos de ella, que no paraba de mover la cadera para que la follada le llegara más adentro, más fuerte, más profundo, hasta que ambos sudaban a chorros y el aire olía a sexo y a cuerpo caliente. Cuando él sintió que el orgasmo le subía por la espalda, ella se corrió primero, empapándole las bolas con sus jugos espesos mientras su coño se contraía alrededor de su verga como si quisiera tragárselo entero, y él no aguantó más: se dejó ir dentro de ella con un gruñido animal, llenándola hasta el fondo mientras los dos se derrumbaban sobre el sofá, exhaustos y satisfechos por la venganza más dulce que ella pudo inventar.