Chiquita se deja empotrar junto a la ventana soleada
Esa morrita de pelo castaño y gafas redondas no podía quitarle los ojos de encima cuando él se quitó la camiseta para secarse el sudor después del entrenamiento. Con solo mirarla de reojo supo que esa chiquita de universidad estaba más que mojada, con el coño apretadito y los pezones duros asomando bajo el suéter ajustado. Sin pensarlo dos veces, la agarró de la cintura y la clavó contra la pared, sintiendo cómo su polla dura se le clavaba en el culo mientras le susurraba al oído que le iba a hacer gritar como nunca. Ella, sin dudarlo, se dejó caer de rodillas y se tragó toda su verga gruesa hasta ahogarse con los huevos, lamiendo cada vena mientras gemía con la garganta bien abierta. Él, sin aguantar más, la levantó en volandas y la empaló contra el cristal de la ventana, donde el sol le iluminaba el coño peludo y brilloso que ya goteaba por la anticipación. La chica, con las piernas temblando, se agarró con fuerza a sus hombros mientras él la embestía sin piedad, haciendo que el cristal vibre con cada golpe de cadera que le metía hasta el fondo. Los gemidos de ella se mezclaban con los gruñidos de él, que no paraba de apretarle las tetas pequeñas y duras mientras la follaba como un animal, sin importarle que los vecinos pudieran verlos. Cuando sintió que el coño de ella se contraía alrededor de su verga, supo que era el momento: se corrió dentro con un rugido, llenándole el coño de leche espesa mientras ella se dejaba caer contra su pecho, temblando y jadeando con los muslos pegajosos de sus propias corridas. La ventana quedó empañada por el vapor de sus cuerpos sudados, y ella, aún con las gafas torcidas, le sonrió mientras se limpiaba los labios hinchados de saliva y le decía que quería más… mucho más.