Chica en 3D con medias blancas y polla enorme empotrándola
La morena de medias blancas se mordía los labios mientras él le apartaba el encaje de la tanga para lamerle el coño empapado, la seda de sus medias se le pegaba a las piernas como una segunda piel y no ayudaba nada a calmar el calor que le quemaba por dentro. Él le agarró el culo prieto con ambas manos y la alzó contra la pared, sus uñas se clavaban en su espalda mientras ella jadeaba y le suplicaba que no parara, que le diera más fuerte, más hondo, que le hiciera gritar su nombre hasta que la voz se le rompiera. La polla gruesa le estiraba el coño de una manera brutal, cada embestida le arrancaba un gemido ronco que resonaba en el cuarto mientras las medias blancas se le ensuciaban con los jugos que le resbalaban por los muslos. Ella se retorcía contra él, le mordisqueaba el hombro y le arañaba el pecho sin importarle el dolor, solo quería sentirlo más dentro, más profundo, que le reventara las paredes del coño hasta dejarla vacía de tanto correrse. Él gruñía con cada envite, le apretaba las nalgas hasta dejarle marcas rojas y le susurraba al oído lo puta que estaba, lo bien que se le notaba que ya estaba a punto de explotar, con el coño temblando y los pezones duros como piedras bajo el sujetador de encaje. Cuando ella sintió que el orgasmo le subía por la espalda como un latigazo, se corrió con un grito ahogado, apretando su coño alrededor de su verga como si quisiera tragársela entera mientras él la embestía sin piedad hasta que él mismo no pudo aguantar más. Las piernas le temblaban, el sudor le corría por la espalda y la polla le palpitaba dentro como un martillo, entonces él se dejó ir con un rugido gutural, llenándola de leche caliente que le resbalaba por las piernas mientras ella seguía gimiendo, con los ojos en blanco y la boca abierta buscando aire. Las medias blancas, ahora manchadas de esperma y jugos, se le pegaban a la piel como una segunda capa de sudor, y él no pudo evitar soltarla lentamente, dejando que se deslizara por su cuerpo hasta que sus rodillas tocaron el suelo, exhausta pero con una sonrisa perezosa dibujada en la cara. Él se agachó para lamerle los restos de corrida que le caían por los muslos, limpiándole con la lengua mientras ella se reía y le tiraba del pelo para que no parara, porque después de ese polvo seguía queriendo más, mucho más.