Alyssa Reece arrodillada en el sofá pidiendo más
Una tarde de domingo en el salón, la luz tenue baila sobre las medias de red mientras sus tacones clavados en el sofá te esperan para obedecer. La agarras del pelo, sintiendo cómo su boca caliente te traga la verga hasta el fondo, los gemidos ahogados por tu ritmo implacable, y cuando la obligas a mirarte con esos ojos suplicantes, las lágrimas brillan más que el brillo del labial corrido. La pones a cuatro patas, el culo perfecto en el aire, y cada embestida le arrebata un grito, sus dedos se clavan en el sofá mientras las nalgas rebotan contra tu cuerpo. Le das una palmada fuerte que la hace estremecerse, sintiendo cómo su coño se aprieta de necesidad, pero ella no puede correrse hasta que tú lo permitas. La haces chupar tus dedos antes de hundir dos en su culo virgen, sintiendo cómo su cuerpo se tensa entre el dolor y el placer, hasta que solo es un juguete tembloroso bajo tus manos. Cuando por fin te dejas ir, la llenas hasta el fondo, sintiendo sus músculos apretarse alrededor como si quisiera robarte cada gota. La dejas tirada en el sofá, el cuerpo tembloroso y el maquillaje arruinado, mientras Matt mira desde el marco de la puerta, la polla aún dura al ver su obra terminada.