Universitaria rubia aprende con una polla negra enorme
La rubia de la universidad llegó a la fiesta con un vestido ajustado que no dejaba nada a la imaginación y unos tacones que hacían temblar el suelo cada vez que caminaba. No pasó ni media hora cuando el negro alto y musculoso del equipo de baloncesto la agarró del brazo y la arrastró hasta el baño, donde el aire olía a desinfectante y a sudor excitado. Antes de que pudiera protestar, él ya le había bajado la cremallera del vestido y sus tetas firmes saltaron libres, los pezones duros como piedras pidiendo atención. Ella no pudo evitar gemir cuando él le arrancó las bragas de encaje y le metió dos dedos en el coño empapado, sintiendo cómo la humedad le resbalaba por los muslos al instante. Con un gruñido gutural, él se bajó los pantalones y sacó esa verga negra enorme que brillaba bajo la luz tenue del baño, gruesa como su muñeca y palpitando con cada latido de su corazón. La rubia, sin pensarlo dos veces, se arrodilló y se tragó hasta la mitad mientras sus ojos se llenaban de lágrimas por el esfuerzo, pero no se detuvo hasta que él le agarró la cabeza y le empotró hasta la garganta, ahogándola con su sabor salado y su tamaño descomunal. Entre estornudos y babas, él la levantó de un tirón y la puso a cuatro patas sobre el lavabo, donde su culo redondo quedó expuesto y listo para ser destrozado. Las primeras embestidas fueron brutales, cada golpe de su cadera contra sus nalgas resonaba como un trueno en el pequeño espacio, y ella no pudo evitar gritar cada vez que su polla chocaba contra su matriz, haciendo que las baldosas temblaran. Él le agarró el pelo y la obligó a arquear la espalda, hundiéndose más profundo mientras ella se corría en chorros espesos que mancharon el lavabo y le resbalaron por las piernas. Cuando él sintió que su leche hervía en los huevos, la sacó de golpe y se corrió en su cara, cubriéndole los labios, las mejillas y hasta los ojos con un blanco espeso que ella lamió con ansias sin dejar ni una gota. La rubia quedó tirada en el suelo, jadeando con la respiración entrecortada y el cuerpo tembloroso, mientras él se abrochaba los pantalones con una sonrisa de satisfacción.