Culo prieto y redondo follado en cámara lenta
Ella llegó a la fiesta con ese culito prieto que se le marcaba bajo el vestido ajustado, pero nadie imaginó que al final terminaría empotrada contra la mesa del comedor. Él no pudo aguantarse ni un segundo más cuando la vio inclinarse para recoger su copa caída, mostrando ese coño mojado que ya le chorreaba por las piernas. Sin pensarlo dos veces, le agarró las caderas con fuerza y la clavó contra la madera, sintiendo cómo su verga gruesa se hundía en esa raja caliente que lo recibía con temblores. Ella jadeó al sentir el primer empellón, ese que le abrió el coño de par en par y le hizo soltar un gemido que resonó en toda la casa. Con cada embestida profunda su culo redondo se bamboleaba, los cachetes golpeando contra sus muslos mientras él la follaba sin piedad, gruñendo como un animal cada vez que su pelvis chocaba contra su carne. Ella, con las uñas clavadas en la mesa, no paraba de gritar que la llenara, que no se detuviera, mientras sus tetas pequeñas botaban al ritmo de las embestidas brutales. Él, sudando como un cerdo, le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás para ver cómo su boca se abría en un aullido de placer al correrse por primera vez esa noche. El sonido de piel contra piel se mezclaba con los gruñidos de él y los gritos ahogados de ella, que ya no podía contener ese chorro de leche espesa que le salía a borbotones del coño al sentir su polla hinchada llenándola por completo. Cuando por fin eyaculó dentro, su verga no dejó escapar ni una gota, dejando a la morena temblando sobre la mesa, con las piernas temblorosas y el coño chorreando leche por los muslos. Él se quedó quieto, jadeando, mientras le pasaba los dedos por ese culo enrojecido que ahora brillaba con los restos de su corrida, aún duro como una piedra dentro de ella. Ella solo atinó a susurrarle al oído que nunca la había follado tan bien, mientras él le lamía el sudor de la nuca y le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, prometiéndole que repetirían la escena mil veces más.