Polla gigante empotrando el culo de un pasivo que gime
Desde que lo vio por primera vez en el gimnasio, sudando como un animal con esa verga monstruosa marcada bajo el short, no pudo sacárselo de la cabeza. El tipo ese no solo tenía un cuerpo de infarto, sino que cada vez que se cruzaban en el vestuario, sus miradas se quedaban pegadas como imanes, cargadas de electricidad sucia. Esa noche, después de unos cuantos tragos de más y sin poder resistir el impulso, lo invitó a su departamento con la excusa más pobre del mundo: '¿me ayudas a revisar una película?'. Pero los dos sabían que la película era solo una excusa para que esa polla enorme acabara enterrada hasta las pelotas en su agujero bien apretado. Cuando la puerta se cerró de golpe, el pasivo ya tenía el pantalón abajo y el culo en pompa sobre el sofá, temblando de anticipación mientras se corría los dedos por el raje para abrirse como una puta en celo. La primera embestida lo dejó sin aire, sintiendo cómo la verga gruesa le desgarró las entrañas sin piedad mientras el otro le agarraba las caderas con garras de acero y le clavaba los dientes en el hombro para ahogar los gemidos que le salían a borbotones. El pasivo jadeaba como un perro en celo, con los muslos temblorosos y el culo empapado en sudor y saliva, pidiendo más a gritos aunque apenas podía articular palabra. Cada embestida era un castigo placentero, una paliza de carne que le dejaba el culo ardiente y bien abierto, listo para recibir toda la leche espesa que aquel macho le iba a escupir hasta el fondo. Cuando el tipo por fin se corrió con un rugido animal, descargando chorros calientes que le llenaron las tripas hasta hacerle babear de placer, el pasivo no pudo evitar correrse él también, dejando un charco pegajoso en el suelo mientras se retorcía de éxtasis con la polla aún dentro, palpitando como un corazón desbocado. El olor a sexo crudo y sudor inundó la habitación, mezclado con los gemidos roncos que seguían saliendo de sus gargantas entrecortadas, mientras los cuerpos se separaban con dificultad, pegajosos y jadeantes, pero ya deseando repetir la follada al día siguiente. La cama quedó hecha un desastre, las sábanas empapadas en fluidos y el aire cargado con el aroma inconfundible de dos machos bien satisfechos.