Solo con el pulgar me hace correrme sin parar
Desde que lo vio por primera vez en la playa con ese shorts ajustado que le marcaba el culo prieto, supo que era suyo. El brasileño no necesitó más que un dedo para que su polla se pusiera dura como una piedra y empezara a babearle entre los muslos. Lo empujó contra el muro del balneario y le bajó el short de un tirón, dejando al descubierto un rabo grueso y bien formado que le sudaba solo de pensar en penetrarlo. Con el dedo índice humedecido en su propia saliva, le rozó el agujero apretado mientras le susurraba al oído cosas sucias que lo volvieron loco. El novato gemía como una puta en celo, arqueando la espalda y empujando el culo contra ese dedo traicionero que lo estaba volviendo loco. Cuando por fin le clavó la verga hasta las pelotas, el gritó se le ahogó en la garganta al sentir cómo se la empotraba con saña, sin piedad, como si llevara toda la vida queriendo romperlo por dentro. Las embestidas eran brutales, la carne chocaba con un sonido húmedo y pesado que resonaba en el vestuario vacío. Él solo podía jadear, con los ojos en blanco y la boca abierta, mientras ese brasileño musculoso le clavaba las uñas en las nalgas firmes y le gritaba que aguantara porque aún no se había corrido. El sudor les resbalaba por la piel, mezclándose con el aroma a sexo y salitre que inundaba el aire. Cuando por fin eyaculó dentro, gruesas gotas blancas le resbalaron por las piernas mientras él se derrumbaba contra la pared, temblando como un flan. El novato se quedó ahí, con el culo lleno y la polla aún palpitando, deseando que nunca terminara esa follada salvaje que lo dejó más mojado que el océano a sus pies.