Pastor caliente chupa verga gruesa con perrito mojado
Desde que llegó a la parroquia, el pastor no paraba de mirarla con esos ojos de cordero degollado que le ponían los pelos de punta a la sexyrita, pero hoy no aguantó más y entró en la sacristía con los pantalones ya empalmados. Ella, una morena de curvas explosivas y cintura de avispa, lo esperaba sentada en el altar con el coño chorreante y el tanga empapado en jugos dulces, los pezones duros como piedras bajo el vestido ajustado que apenas le cubría las tetas generosas. Sin mediar palabra, él se arrodilló frente a ella y le arrancó la ropa interior de un tirón, dejando al descubierto un coño bien depilado y reluciente que apestaba a lujuria. La chica gimió fuerte cuando le metió dos dedos hasta el fondo, sintiendo cómo su carne se abría como una flor en primavera, mientras él se desabrochaba el pantalón y sacaba una verga enorme y venosa que brillaba con gotitas de pre-semen. Sin perder tiempo, ella se agachó para chupársela con avidez, lamiendo cada vena y tragándose hasta la mitad de ese mástil grueso que le llegaba hasta la campanilla, escuchando cómo él gruñía de placer y le agarraba del pelo para empotrarla más fuerte. Cuando estuvo a punto de correrse, la agarró de las caderas y la volteó como si no pesara nada, clavándola contra el altar con el culo en pompa mientras le metía la polla hasta las bolas, sintiendo cómo su coño estrecho se estremecía con cada embestida brutal. Los gemidos de la sexyrita resonaban en los muros de la iglesia mezclados con el sonido húmedo de los cuerpos chocando, las tetas rebotando al ritmo de los empujes y el olor a sexo crudo que inundaba el ambiente. Él no se detuvo hasta dejarla temblando, con los muslos cubiertos de leche espesa que le resbalaba por las piernas mientras ella se corría gritando su nombre como una auténtica puta en celo, con la boca abierta y la cara desencajada de puro éxtasis. La verga seguía dura como una roca incluso después, pero ya no importaba: lo único que contaba era el coño empalado, la leche escurriéndose y el sabor a pecado que le quedaba en la lengua.