Oleg el malo empala a Tony pequeño por el culo
El rubio enclenque no sabía lo que le esperaba cuando Oleg llegó con su verga palpitante y esa mirada de depredador que lo dejó tieso de miedo y deseo. La polla gruesa y venosa del rubio, con las venas marcadas y el glande rojo y brillante, se balanceaba como un látigo mientras Oleg lo empujaba contra la pared del gimnasio, donde el sudor y el olor a macho excitado flotaban en el aire. Tony, con su cuerpito esquelético pero con un culo prieto y respingón que parecía hecho para ser empalado, se mordió el labio inferior con fuerza, sintiendo cómo el líquido preseminal le humedecía el prepucio al imaginarse lo que venía. Oleg no perdió el tiempo: le agarró los huevos con una mano mientras con la otra le separaba las nalgas con rudeza, dejando al descubierto el ano rosado y tembloroso, listo para recibir esa bestia de carne. El primero en entrar fue el glande, grueso y caliente, que abrió paso con un gemido ahogado de Tony, cuyas rodillas se doblaron al sentir cómo el cosquilleo del dolor se mezclaba con el placer más sucio y animal. Oleg no se conformó con un solo empujón: lo embistió con fuerza, empalándolo hasta las pelotas en una sola estocada que hizo que Tony soltara un alarido gutural, con los dedos clavados en la pared y el pecho pegado al frío cemento. La verga de Oleg entraba y salía a un ritmo brutal, cada embestida empujando a Tony más contra la pared, sus nalgas palpitando al compás de los golpes secos de piel contra piel. El rubio no pudo evitar arquear la espalda, ofreciéndose por completo, mientras Oleg le lamía el cuello con lengua áspera y gruesa, mordisqueándole la oreja antes de soltarle un bufido caliente en la nuca. Los gemidos de Tony se volvieron incontrolables, entrecortados y desesperados, mientras su polla, pequeña pero palpitante, se sacudía sin que nadie la tocara, rociando el suelo con gotas espesas de leche que se mezclaban con el sudor y el polvo del gimnasio. Oleg aceleró el ritmo, sus caderas golpeando con furia contra el trasero de Tony, que ya no podía sostenerse en pie y se dejaba manejar como un muñeco, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta dejando escapar babas espumosas. Cuando sintió que el orgasmo lo recorría como un rayo, Oleg lo agarró por las caderas y lo clavó contra la pared, hundiéndose hasta el fondo con un rugido ronco, mientras su leche espesa y caliente inundaba el interior de Tony, que se corría sin parar, el culo lleno hasta el borde y el pecho empapado en sudor y semen.