Mike Bigcock rompe el culo y la garganta de su hembra
Sientes el olor de su coño mojado mezclado con el perfume barato que se roció esta mañana, solo para provocarte. Desde que se vistió con ese short ajustado y esa camisa que apenas le tapa las tetas, supo que no aguantarías. Cada vez que se inclinaba frente a ti, rozando el culo contra tu polla dura, cada foto que te mandó con los labios húmedos alrededor del dedo, todo era un juego perverso para volverte loco. Ahora está de rodillas, tragándose tu verga gruesa hasta que las lágrimas le escapan, pero no se detiene, gime ahogada cuando le agarras el pelo y la empujas más adentro. Su culo apretado no tiene escapatoria: te la metes de una estocada, sintiendo cómo su carne cede al empuje, sus gritos se vuelven más agudos cada vez que te entierras hasta las pelotas. Claro que le gusta el dolor, por eso moja así, por eso se retuerce cada vez que le das una nalgada fuerte. Le abres el culo con los dedos, sintiendo cómo su asiento ardiente se contrae alrededor de tu polla mientras la embistes sin piedad. Cuando por fin te corres, no te importan sus gemidos de placer, solo quieres llenarle la boca y el culo con cada gota, viendo cómo se atraganta antes de que le caiga por la barbilla. El sudor le pega la blusa a la piel, sus muslos temblorosos apenas la sostienen, pero no hay tiempo para piedad: la volteas y le metes la cara entre las nalgas, saboreando su esencia más íntima mientras la haces gemir otra vez. Mike Bigcock no perdona, y tú menos.