Mi hermanastra aprendió a hacerme eyacular y puso a prueba sus habilidades
El sonido de sus gemidos resonaba contra las paredes, un eco húmedo y desesperado que me erizaba hasta la última terminación nerviosa. Te confieso, Apolo, que al principio no sabía si sería capaz de aguantar su ritmo, pero esa princesita de ojos azules y culo redondo bien prieto no perdió tiempo en demostrarme su técnica. ¿Te gustaría estar en mi lugar? Ella se arrodilló frente a mí, sus labios carnosos chocando contra mi verga con una confianza que me volvió loco, chupando hasta que mi polla estuvo brillante de saliva. La reté a que me hiciera correrme sin usar las manos, solo con esa boquita caliente y ese coño apretado que sabía apretar en el momento preciso. Al principio, sus gemidos eran suaves, pero cuando me hundí en su culo perfecto, sus gritos se volvieron salvajes, rebotando contra su piel blanca y sudorosa. La empotré contra la cama, sintiendo cómo su concha mojada se cerraba alrededor de mi verga, cada embestida más profunda que la anterior, hasta que las caderas chocaban con fuerza. Su cara de placer, esos ojos entrecerrados y esa boca entreabierta me desafiaban a seguir, a no ceder un centímetro. Y cuando por fin me corrí, su cuerpo se sacudía bajo el mío, sus dedos clavándose en mis hombros como si quisiera marcarme para siempre. Al terminar, quedó jadeante, con los labios hinchados y un hilito de flujo resbalando por sus muslos. Entre nosotros, solo el olor a sexo y una mancha de semen en las sábanas.