La rubia se corre fuera con chorro salvaje
La rubia no pudo aguantarse cuando vio su coño empapado bajo el sol del patio trasero, así que se tiró al suelo y se abrió de piernas sin pensarlo dos veces. Con los dedos juguetones resbalando entre sus pliegues chorreantes, se frotó el clítoris hinchado hasta que los gemidos le salieron como gritos ahogados entre los dientes apretados. La polla dura le latía en la mano mientras se masturbaba, imaginando que era su novio el que la embestía contra la pared de la casa, pero hoy ella sola se estaba comiendo el terreno con cada sacudida de cadera. El chorro brotó como un río de leche caliente que le escurrió por el culo y le manchó el suelo de la terraza, dejando un charco blanco que brillaba bajo el sol. Se retorció contra el cemento frío, sintiendo cómo el orgasmo le recorría la espalda en oleadas mientras se agarraba los pechos con fuerza, pellizcándose los pezones hasta que le dolieron. El líquido le salía a chorros cortos pero intensos, mojándole el tanga ya empapado y dejando un rastro pegajoso que le quemaba la piel entre las piernas. Se corrió gritando el nombre de alguien que no estaba ahí, con los muslos temblorosos y el coño palpitante, mientras la brisa le pegaba el pelo sudado a la cara sudorosa. No le importó si los vecinos la escuchaban, porque el placer era tan grande que hasta las estrellas se le nublaron en la vista por un segundo. La rubia se quedó tirada en el suelo, jadeando como perra en celo, con las piernas abiertas y el sexo brillando bajo la luz del atardecer, lista para que otro le llenara el coño de leche caliente cuando volviera a casa del trabajo.