La IA no lo resuelve, pero mi polla sí
Cuando la vi por primera vez, pensé que era una de esas chicas que solo jugaban con la tecnología, pero al acercarme, supe al instante que lo que quería era una polla de verdad entre sus piernas. Empecé a frotar su coño mojado con los dedos y me di cuenta de que estaba más caliente de lo que imaginaba, con sus jugos escurriendo por mis nudillos. Me arrodillé para chuparle esa concha rosada y ella empezó a gemir como loca, arqueando la espalda y tirándome del pelo para que la penetrara. Cuando metí mi verga dura de una estocada, su cuerpo se estremeció como si hubiera recibido una descarga eléctrica, los ojos se le pusieron en blanco y no podía creer lo apretado que estaba su culo. Era como si nunca antes la hubieran follado así, con tanta fuerza, porque cada embestida le arrancaba gritos que hacían vibrar las paredes. Lo que más me sorprendió fue cuando, en medio del sexo, me confesó que nunca había sentido algo tan intenso, que todas esas apps de IA no le llenaban como yo. Me volví más salvaje, clavándosela hasta que las caderas chocaron contra su trasero, sintiendo cómo su interior se apretaba alrededor de mi verga. Cuando me vine, llenándola hasta el límite, ella se quedó temblando, con la mente perdida en lo que acababa de descubrir: que el placer real no se encuentra en pantallas, sino en pollas como la mía.