Ella obedece mis órdenes y se deja empotrar como una puta sumisa
—Arrodíllate y abre la boca, perra— le ordené mientras le agarraba el pelo con fuerza. Ella, con los ojos brillantes de sumisión, hizo lo que le mandé sin rechistar, sus labios carnosos rodeando mi polla con una obediencia que me puso más duro de lo que ya estaba. Sus manos temblorosas se aferraron a mis muslos mientras yo le marcaba el ritmo, empujando hasta que su garganta se ajustó a mi verga como un guante mojado. Gemía ahogada, con lágrimas corriéndole por las mejillas, pero no se atrevió a protestar. —Así, puta, así— gruñí, sintiendo cómo su saliva me lubricaba cada vez que me retiraba para volver a embestirla con más fuerza. Sus tetas rebotaban con cada movimiento, los pezones duros como piedras, y su coño goteaba tanto que ya había dejado un charco en el suelo. Cuando ya no pude aguantar más, la tiré de espaldas sobre la cama y le levanté las piernas, abriéndola de par en par para clavarme en su coño sin piedad. Ella gritó, pero no era de dolor, sino de placer, su cuerpo arqueándose bajo el mío mientras la penetraba una y otra vez, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mi polla. —Por favor, por favor— suplicó, pero no le di permiso de correrse hasta que yo lo ordenara. La hice esperar, follándola lento y profundo, hasta que al fin le permití explotar, su cuerpo convulsionando bajo el mío mientras yo me vaciaba dentro de ella. Cuando terminé, su cuerpo estaba marcado por mis dedos, su coño hinchado y su boca aún abierta, jadeando. En el suelo, junto a la cama, su tanga roto era el único testigo de lo que acababa de pasar.