Jocilena me vuelve loco con su cuerpo prohibido
Estoy embistiendo a Jocilena contra la pared, sus gemidos ahogados en mi boca mientras mis dedos le aprietan esas nalgas redondas que no debería estar tocando. Sabía que esto estaba mal desde el momento en que se quitó el vestido, dejando al descubierto esas tetas pesadas que rebotan con cada embestida, pero mi polla no escucha razones. El sudor me cae por la espalda mientras la levanto del suelo, sus piernas alrededor de mi cintura, sintiendo cómo su coño apretado me succiona entero de golpe. No puedo evitar gruñir al ver cómo su cara se contorsiona de placer, los labios mordidos para no gritar más fuerte. La culpa me quema por dentro, pero no me detengo: agarro su pelo con fuerza y le empotro la polla hasta hacerle tocar el cuello del útero, sus uñas clavadas en mis hombros. En más de 11 minutos, la he tenido de todas las formas posibles, desde montándola a horcajadas hasta corriéndome en su cara mientras se lame mis dedos, pero ahora solo queda su respiración agitada y el rastro de semen en su barbilla.