Hannah Hawthorne chupa la polla de su padrastro para guardar un secreto
Me puse de rodillas frente a Eric John, sintiendo cómo mi coño se mojaba solo de pensar en lo que iba a hacer. Su polla dura estaba a centímetros de mi boca, y cada vez que tragaba saliva, imaginaba el sabor salado que me esperaba. Las paredes de la casa crujían con el viento, y cualquier ruido fuerte podría alertar a mi madre, que estaba en la cocina. Pero no podía parar, necesitaba que Eric guardara mi secreto, y la única moneda de cambio era mi boca. Empecé a chupar con fuerza, sintiendo cómo su verga se hinchaba entre mis labios, mientras sus manos agarraban mi cabeza para empujarla más adentro. Cada gemido suyo era un riesgo, porque si alguien pasaba por el pasillo, nos descubrirían. Mis tetas rebotaban con cada movimiento, y la saliva escurría por mi barbilla mientras lo trabajaba sin descanso. Eric gruñía bajo, tratando de ahogar los sonidos, pero cuando aceleré el ritmo, sus dedos se clavaron en mi cuero cabelludo. Sabía que estaba cerca, y me preparé para tragar cada gota de su leche caliente. Pero justo cuando iba a correrse, escuché pasos acercándose a la puerta. Me paralicé, con su polla aún en mi boca, y Eric me miró con los ojos desorbitados. ¿Sería mi madre? ¿O alguien más? El corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a desmayar. Pero los pasos se alejaron, y Eric me empujó contra la cama, decidido a follarme antes de que volvieran. Me subió el vestido y me penetró de una estocada, hundiéndose hasta que mis caderas chocaron contra las suyas. Cada embestida era un riesgo, porque si alguien entraba, nos pillarían en pleno acto. Pero no podía importarme menos, porque el placer era demasiado intenso. Eric me agarró del pelo y me obligó a mirarlo mientras me embestía sin piedad, sus bolas golpeando mi coño con cada movimiento. Grité, pero él me tapó la boca con la mano, amortiguando mis gemidos. Sabía que si alguien nos escuchaba, estaríamos jodidos, pero no podía detenerme. Eric se corrió dentro de mí, llenándome hasta rebosar, y yo me mordí el labio para no gritar de placer. Cuando terminó, nos quedamos quietos, escuchando cualquier ruido que indicara que nos habían descubierto. Pero todo estaba en silencio. Por ahora, estábamos a salvo. Pero la próxima vez, no tendríamos tanta suerte.