Gabriele la amordaza y la folla como una muñeca ciega
Esa tarde en el dormitorio, la luz tenue de la lámpara dibuja sombras en las paredes mientras tú la empujas contra la cama, sintiendo cómo su cuerpo tembloroso se rinde a tus manos. Le has vendado los ojos con un pañuelo de seda y le has metido un trozo de tela en la boca, amordazándola para que sus gemidos solo sean para ti. La sientes mojada bajo tus dedos, su coño palpitando cuando le abres las piernas y te hundes en ella de una estocada, sintiendo cómo su culo se aprieta alrededor de tu polla. Pero entonces, al chuparle las pelotas, notas que algo no cuadra: su lengua se mueve diferente, como si supiera exactamente qué hacer. La sorpresa te recorre la espalda cuando descubres que Gabriele no es quien creías, y eso te vuelve más salvaje. La agarras del pelo, le metes la polla hasta las pelotas mientras ella gime ahogada, y cuando le das la vuelta para empotrarla contra el colchón, sus tetas rebotan con cada embestida. Le das una nalgada tan fuerte que deja la marca de tu mano en su piel morena, y cuando por fin te corres, le llenas la cara de leche espesa, manchando sus labios y el vendaje. Al quitarle la mordaza, su boca está hinchada de tanto chupar, y en el suelo queda el liguero de encaje que llevaba puesto.