Papi me azotó el culo por portarme mal
Él llegó con esa sonrisa de lobo y yo ya sabía que hoy no iba a perdonarme ni un error, menos después de que me pillara con el escote más abierto que la puerta del baño. Me agarró del pelo —el muy cabrón— y me arrastró hasta el sofá donde ya tenía preparada su fusta de cuero negro y su verga dura como una piedra que me esperaba palpitando bajo el pantalón. Antes de que pudiera abrir la boca, me arrancó la minifalda y me dejó solo con las bragas empapadas pegadas al coño, que ya olía a putita caliente y mojada por el castigo que sabía que venía. Me empujó contra el suelo y me ordenó que me pusiera en cuatro patas, con los pechos temblorosos rozando la alfombra mientras él se quitaba el cinturón con ese sonido que me ponía los nervios de punta. El primer azote me hizo gritar como una loca, no por dolor, sino porque sentí cómo el calor se extendía desde el culo hasta el coño, dejándome más jodidamente excitada de lo que jamás había estado. Me azotó una y otra vez sin piedad, cada golpe seguido de un gemido suyo que me decía que le encantaba verme así, su putita sumisa con el culo enrojecido y temblando de anticipación por lo que vendría después. Cuando ya no pudo aguantar más, se quitó los pantalones y me empaló de una sola embestida brutal que me dejó sin aire, sintiendo cómo su gran polla me abría por dentro mientras me agarraba de las caderas para clavársela hasta el fondo. Me azotaba el culo con una mano mientras con la otra me agarraba de la nuca y me obligaba a chuparle los huevos antes de volver a empalmarme, cada vez más rápido, cada vez más sucio, hasta que los dos estábamos sudando como animales y yo no podía más que gritar su nombre entre gemidos mientras me llenaba entera con su leche caliente, dejándome tirada sobre el sofá con el coño goteando y el culo marcado por sus azotes, perfectamente castigada como buena esclava que soy.