Amasia rusa exige limpiar sus pies sucios
Ella llegó con aquellos tacones carísimos y ese vestido ajustado que le marcaba cada curva, pero lo que más le gustó a él fue el olor a pies sudados que desprendía al quitarse los zapatos. La muy zorra ni siquiera se inmutó cuando él se arrodilló frente a sus piececitos blancos, llenos de callos y uñas descuidadas que ya apestaban a cerrado. Con una sonrisa de superioridad, la rusa sacó un frasco de crema y le ordenó que se la untara por toda la planta, chupando cada dedo como si fuera lo más normal del mundo. Él, con la polla ya dura como una piedra, no podía creer que esa puta lo estuviera humillando así, pero el castigo era claro: si no le lamía bien los pies, no habría ni una gota de su leche para él. La rusa se retorcía de placer al sentir cómo su lengua recorría cada arruga, cada grieta, cada zona podrida entre sus dedos, mientras gemía como una perra en celo al escuchar los gemidos ahogados de su esclavo. Ella no tenía piedad, le agarró del pelo y le empotró la cara contra sus pies, obligándolo a respirar ese aroma nauseabundo que le excitaba sobremanera. Entre susurros en ruso y risitas burlonas, le ordenó que le chupara los talones hasta dejarlos limpios, mientras con la otra mano se masturbaba lentamente, disfrutando cada segundo de su sumisión. Él, con lágrimas en los ojos pero con la polla a punto de reventar, no podía resistirse: cada lamida era un castigo, cada mordisco un recordatorio de quién mandaba aquí. Cuando por fin terminó de lamerle las plantas, ella se quitó uno de los tacones y se los clavó en la espalda, obligándolo a arrastrarse como un gusano mientras ella reía a carcajadas. La polla de él ya no aguantaba más y, sin que ella lo viera venir, se corrió en el suelo mientras su leche se mezclaba con el sudor y la suciedad de los pies de su ama, que lo miró con desprecio y le escupió en la cara antes de irse dejándolo tirado allí, completamente roto y satisfecho a la vez.